Unidos en pro de la buena educación desde los hogares


Por: Fernando Silva


El derecho a contar con una buena educación desde la infancia tiene total aceptación y un reconocido carácter social como facultad del ser humano para hacer legítimamente lo que conduce y forma parte fundamental a los fines de su vida, por lo que debe constituir la principal riqueza de cada nación. Tal cumplimiento ético está establecido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en las leyes elementales de la mayoría de los países, con la intención de potenciar las capacidades de las personas y aumentar sus posibilidades de acción y elección. Sin embargo ¿qué entiende la mayoría por educación? Para alto porcentaje de la humanidad, es la instrucción y formación escolar, lo que no está mal si se le mira como importante complemento del desarrollo y perfección de las facultades intelectuales de los infantes y adolescentes, pero, es por medio de la instrucción de los preceptos morales y, trascendentalmente, el ejemplo que reciben desde los hogares por parte de sus tutores lo que determina el grado educativo de cada persona. Ahora que, si no se contó con esa referencia didáctica, es razonable aplicar la autoeducación en cualquier etapa de la vida.


El núcleo familiar, a pesar de las opiniones y/o dudas que se ciernen al examinar determinadas circunstancias, tiene entre otras características, dos que son excepcionales: El conjunto de ascendientes y descendientes relacionados entre sí por parentesco de sangre o legal a lo largo de toda su vida; así como una comunidad de pertenencia que forja de manera colectiva y contundente la identidad de cada uno de los miembros, en la que se prosperan dinámicos vínculos socio-afectivos que siguen siendo el lazo esencial que potencia el desarrollo integral y educativo de cada uno de los integrantes. Por lo tanto, cualesquiera de las definiciones —más allá desde la cual se posicione para su estudio— hacen referencia a factores comunes: Mismos padres o tutores, similares acontecimientos pasados y dignos de memoria, mismo techo, grupo, problema, ADN...


Desde una perspectiva evolutiva-educativa, se puede decir que el núcleo familiar supone: Un esquema vital de existencia en común con un proyecto educativo compartido; fuerte compromiso emocional; un entorno de desarrollo —como elemento primordial— al que se van agregando otros; espléndido escenario de encuentro inter generacional, así como una red de apoyo para los cambios profundos y de consecuencias importantes, pero ¿y las personas que viven en situación de calle y que no tienen relación con su núcleo familiar, ya sea por abandono, por violencia, por pobreza, por abusos, por fallecimiento de sus tutores…? Lamentablemente son personas que sistemáticamente quedan marginadas y discriminadas de las sociedades en todo el mundo.


En ese entendido, se supone que uno de los objetivos «prioritarios» de las naciones miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) es fortalecer toda condición que brinde las garantías y el conjunto de prerrogativas sustentadas en la dignidad humana, no obstante, resulta algo más que inquietante e ignominioso el observar que no sólo se haya hecho evidente el fracaso de los gobiernos para amparar e incorporar hacia la cohesión social a quienes se encuentran en situación de indigencia, y en contrasentido, según dicen hacen «hasta lo imposible» por lograr dar condiciones de «calidad aceptable» a este desvalido sector social, antes de entender el problema y acoger favorablemente las causas y la combinación de factores, así como de las circunstancias que se les presentan a millones de seres humanos que sobreviven en degradante condición.


Es evidente que la composición de vertientes y de aquello que está más allá del fondo visible no sólo se ha agravado, sino que se ha extendido, tan sólo un par de ejemplos: Cerca de la mitad de la humanidad subsiste con menos de dos dólares americanos por día, y aún peor, una cuarta parte con menos de un dólar, si hacemos cuentas —entendidos que habitamos 7,900 millones de personas en el planeta Tierra— resulta ser que poco menos de 6,000 millones de mujeres, hombres y menores se encuentran en situación de pobreza. Dicho umbral representa un estándar internacional mínimo desarrollado por el Banco Mundial a los efectos de disponer de una medida de pobreza absoluta comparable entre las distintas regiones y países en eterno desarrollo. El valor utilizado corresponde al promedio de las líneas internacionales de pobreza adoptadas por los países con los menores niveles de ingreso per capita en el mundo. Por lo que la pobreza extrema o indigencia, se entiende como la situación en que no se dispone de los recursos que permitan satisfacer al menos las necesidades básicas de alimentación.


Como dato curioso para la reflexión, el 5 de abril de 2019, el Directorio Ejecutivo del Banco Mundial seleccionó a David Robert Malpass como su presidente. El economista Malpass se desempeñó antes como subsecretario de Asuntos Internacionales del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos de América.


En su calidad de subsecretario, representó al gobierno estadounidense en entornos internacionales, como reuniones de los Viceministros de Finanzas del Grupo de los Siete (G-7) y del Grupo de los Veinte (G-20) concilios de Primavera y juntas Anuales del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) así como asambleas del Consejo de Estabilidad Financiera, de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) y de la Corporación de Inversiones Privadas en el Extranjero. Instituciones dirigidas por un minúsculo grupo de élite económica que, paralelamente, está imponiendo su Nuevo Orden Mundial, un plan diseñado con el fin de instaurar un gobierno único, en concreto, sustituir las democracias por una hegemonía mundial. Obviamente y ni por error, podría juzgar la educación que adquirieron tan impulsivos mundanos, incluso, es probable que tuvieran —buena parte de ellos, desde su infancia— las mejores muestras de dignidad y calidad humana, pero no peco de inocencia, ya que por sus hechos, me permite pensar que este puñado de seres y sus sanos valores fueron trastocados por menudencias como la ambición, el cohecho, la corrupción, la soberbia, la ira, el egoísmo, la mala intención, el poder…


En tal sentido, la responsabilidad social como efecto de la conciencia ética, es el compromiso por fortalecer los valores en general que radican en la razón, siendo la moral, el aspecto que desde lo axiológico influye con determinación en la constitución de la personalidad —ya sea del individuo de manera particular o de los grupos sociales— al mejorar nuestra capacidad de afecto, respeto, tolerancia y paciencia para elevar nuestra educación en bien común, de todo ser viviente y del planeta Tierra. Tales cualidades son las pautas de la conducta del ser humano y son en última instancia, lo que nos permite tomar dignas y honestas decisiones al margen de nuestras diferencias.

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